Anécdota

Desde que tengo memoria, he vivido con la ausencia de mi padre. Las veces que apareció en mi vida lo hizo con palabras bonitas y promesas que nunca se cumplieron. Decía que estaría, que cambiaría, que haríamos cosas juntos pero al final, todo quedaba en silencio y en veremos. Durante mucho tiempo me dolió esa falta, y me preguntaba si yo no merecía su presencia o su cariño. Sin embargo, gracias a Dios, siempre he tenido a mi madre: una mujer que me apoya en todo, que está conmigo en cada paso y que ha hecho que ese vacío no se sienta como algo extraordinario. Su amor y constancia me enseñaron que la verdadera familia se construye con quienes sí están, con quienes cumplen y acompañan.

Aprendí que no todas las personas cumplen lo que prometen, pero eso no significa que yo deba dejar de creer en mí ni en los demás. La ausencia de mi padre me hizo más fuerte e independiente, y la presencia de mi madre me enseñó el valor de la entrega sincera y del apoyo incondicional.

Hoy sé que no necesito validación de quien no estuvo; mi identidad se sostiene en el amor que sí recibí y en la fuerza que desarrollé. Esta experiencia me inspira a no repetir ese patrón: si algún día tengo hijos, quiero ser alguien que esté, que escuche y que cumpla.

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